Convivir. Es lo único que puedo hacer, si no quiero volverme loca. Y la verdad, que me gusta mi cordura, o lo poco que queda de ella. Pasar mis días, mis tardes y mis noches junto al recuerdo, con el odio a flor de piel, y con el temor por lo que va a venir, mucho más adentro, allá después de los órganos, donde hasta la sangre se pierde. Porque las almas puras no sangran, lástima que la mía esté tan negra, tan sucia, tan repulsiva, por los siglos de los siglos, amén.
Nací de una violación, y eso nadie lo puede ocultar. Ni mamá, tan distinta a mí (las cosas que me enteraría después, mamá, tan cerca y tan lejos mamá), ni papá, que se fue antes de que todo esto pasara (entonces no sería papá. Pero todo fue culpa de él, decía mamá), ni el tiempo que borra todo. Nada va a disimular el hecho de que soy fruto de un acto odioso.
Como en tantas veces, y lugares, fue de noche. A sangre y sangre (porque fuego no hubo, todo en un prolijo silencio de complicidad) entraron en casa, y mamá dormía. Los vecinos le avisaron que el barrio se estaba poniendo peligroso, que tuviera cuidado, más una mujer sola, como ella (tan apetecible, diría algún libidinoso entrado en años). Pero nada pudo hacer.
A veces me pregunto si, en alguno de todos esos momentos de violenta sorpresa, ella disfrutó. Desde la muerte de papá que no había tenido ningún hombre y esto era lo más parecido al amor que ella podía sentir. No era muy distinto, tampoco, a lo que antes recibía. Jamás me lo dijo, pero en sus ojos puedo leer la tristeza de jamás haber sido feliz. Y derrumbarse después de decírmelo sin hablar.
Yo tampoco fui feliz. Nunca. Es algo bastante lógico, teniendo en cuenta que soy hija del horror, que sin él no estaría acá. La corrupción es mi estado natural, y eso no es nada compatible con una sonrisa cada mañana. Sin embargo, una vez estuve enamorada. Fue en primavera, yo no sabía muy bien que esperar, ni que hacer. Joven, inexperta, él me dijo todo va a estar en orden, y le creí. Pero no quería coger, me daba miedo. El sexo no me atraía para nada, en mi mente solo era la mayor de las violencias; el miedo de mamá, esta mierda de vida para mí. No, no quiero, salí, no me toques.
Me violó. El muy hijo de puta me violó, y yo que le había creído. En orden, las pelotas, las cosas no están en orden, siento el dolor más horrible de toda mi vida, me veo en el espejo y soy mi mamá, otra vez vejada, un ente sin voluntad, disponible para todo aquel que quiera aprovecharse. Esa soy yo, esa fuimos y esa vamos a ser.
No quiero pensar, ni recordar nada. En un segundo cruzaron los recuerdos y las visiones por mi mente. Ya no quiero verlos, ya no quiero, más.